Patricia Olmos abrió de repente los ojos y no vio nada. En el dormitorio aún se podía percibir el aroma a suave incienso que había prendido a media tarde, aquella costumbre ancestral que ella había adquirido por inescrutables medios atávicos para alejar a los malos espíritus. Algo que no era cuestionable, dado que las mujeres de su familia habían practicado el “rito del incienso” desde hacía décadas, pasando de madres a hijas desde hacía tantos años… No recordaba.
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Primero que nada una pequeña presentación, me llamo Juan, vivo en Buenos Aires, Argentina, tengo 29 años, hace tiempo que tengo ganas de contarles alguna de mis experiencias con el sexo. Soy una persona muy apasionada, morbosa y desinhibida con respecto a las prácticas sexuales, y me encanta disfrutar de mis instintos. Este suceso que paso a relatarles, sucedió hace un par de años, pero lo recuerdo como si fuera hoy.
Yo me muevo generalmente con un grupo de amigos, que nos conocemos desde hace más de diez años, vamos a mismo club todos los fines de semana, desde que éramos niños nomás, así fue que un viernes programando el fin de semana, recibí en mi trabajo una llamada de mi amigo Jorge, en el que me dijo tenía ganas de armar una fiesta en su casa de fin de semana, para la ocasión había convencido a la chica con la que estaba saliendo que reclutara cuatro o cinco amigas, la empresa prometía por demás, ya que además de ser muy linda Leticia, así se llamaba, era una autentica “guerrera”, Jorge me pedía moviera los hilos para juntar nosotros, una tropa de similares características.
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A los 19 años conocí, mientras estaba de vacaciones en Punta del Este, a una chica muy interesante que se convertiría en mi novia durante los próximos dos años y medio. Se llamaba María, tenía la misma edad que yo, era rubia, de ojos marrones, cuerpo atlético y grandes pechos.
De entrada nos llevamos muy bien en todas las áreas, especialmente en todo lo referente al sexo. Si bien ella no era una chica muy experimentada (bueno… tampoco era virgen) no temía probar cosas nuevas como el sexo anal. Otra cosa que nos excitaba mucho era tener sexo en lugares públicos y/o al aire libre. Empezando por los médanos de Punta, seguimos por lugares como los asientos traseros de un ómnibus mientras íbamos de Buenos Aires a Pinamar, el ascensor de su departamento, las escaleras del mismo edificio y otros, en el mar, en varias piletas de natación, y una noche hasta en el patio de una conocida Iglesia de Barrio Norte. En resumen, teníamos una vida sexual plena e interesante.
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Estuve buscando un piso para compartir durante casi una semana, peor ninguno me pareció apto para un tipo como yo, y…No. Seamos francos. La verdad es que en el fondo iba buscando a una compañera de piso que, a ser posible, pusiera el piso. No me gusta vivir con más tíos, porque somos todos una manada de espesos. De guarros, vaya. Y a quien le pique que se rasque. Y cuidado, porque yo me incluyo.
No, lo que yo quería era tener una compañera de piso, no para que limpiara, que bueno, si se terciaba pues como que yo no iba a ser quien le pusiera pegas, pero…yo lo que quería, lo que yo realmente buscaba era…je, je, je. Ya os imagináis, no?
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Esto es una historia real, que me sucedió hace algunos años; los nombres han sido cambiados para proteger a su autor y las personas que intervienen en el. Desde muy temprano desarrollé mi sexualidad debido a una chica que cuidaba a mi hermana cuando pequeña. Siempre iba más adelante que mis compañeros.
Cuando cumplí 19 años mi prima tenía unos 18, y un cuerpo que a cualquier hombre enloquecería, unas medidas casi perfectas y un culito con el cual más de una vez me apliqué una masturbadas violentas. Poco a poco fui planeando la forma de comerme ese coñito y ese culito.
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