Hace unos meses poco después de suplir los 18 años me desvirgaron. Yo soy de un pueblo cercano a Cádiz, pueblo marinero y con mucha tradición de pescadores y como es normal me gusta el mar y todo lo que se refiere con la mar. Un amigo de mi padre tiene un barco muy bien equipado y se dedica a la pesca del atún rojo, que cuando pesca uno y de un tamaño grandísimo se lo vende a una casa japonesa que se lo paga como si fuera de oro, lo mandan enseguida a Japón y se lo comen crudo. Un día le dije a mi padre que si podía hablar con él porque me gustaría aprender la pesca del atún al curricán, ya que quería aprender este oficio y dedicarme a el, no puso buena cara pero se lo dijo un día que lo vio, a este hombre no le pareció mal ya que cuando sale al rojo tiene que contratar a alguien para que le ayude, yo lo conocía pero no me atrevía a decírselo porque decían que tenía mal carácter, así que esperé haber que resultados tenía.
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Fue un verano, por aquel entonces los veranos eran de tres meses y claro no podías irte a la playa los tres meses, por lo que alternabas, las vacaciones un mes en la playa, otro en el pueblo y lo demás lo acoplabas donde podías, uno de mis mejores amigos me invitó a su pueblo a pasar unas semanas, eran las fiestas de la localidad, y como no conocía su pueblo acepté.
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Eran más de las 8:30 pm y yo apenas iba saliendo de la oficina. Me llamo Daniel y trabajo en el DF, en el sur de la ciudad, pero vivo en Cuernavaca (CIVAC), así que viajo diario de la casa al trabajo y bis. Hoy tenía mi esposa una reunión con sus compañeros de trabajo y le había prometido llegar más temprano a la casa, pero las cosas en el trabajo se complicaron y para colmo era viernes, el periférico estaba lento como una tortuga.
Por fin después de más de una hora de viaje llegué a la casa, eran casi las 10 pm y yo había quedado de estar a las 8.00, saludé a los invitados y a mi esposa que me echó una mirada de pocos amigos de lo enojada que estaba. Yo disimulé como si todo estuviera bien y me disculpé por la tardanza, para el colmo estaba a tomando un medicamento que no se llevaba con el vino y tuve que tomar solamente refresco.
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El detergente que me protegía las manos al principio pareció darme buen resultado; luego, al igual que los demás, también falló, de manera que inevitablemente veía como las manos se me surcaban y envejecían a pesar de mis treinta y cinco años. En alguna de las tareas, como la de amasar la harina del futuro budín, podía ensimismarme durante casi una hora; entonces sonaba el teléfono, pero no era fácil tomar el tubo con las manos sucias de masa, y porque las formas usuales de conversación palidecen y pierden sentido cuando el interlocutor lleva una vida rutinaria y sin atractivos para contar. Así habían ido menguando mis amistades con los años.
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A mis 42 años, separado, con un hijo de 14 que veía tarde, mal y nunca, debido a la distancia que nos separaba. Con mi ex, como se dice, el amor se acabó, optamos por lo sano y separarnos antes de que las cosas se complicaran, esto ya hace 7 años. Con una buena situación económica, dueño de mi propia empresa, un día amanecí cansado y decidí viajar a mi ciudad natal a visitar a mi familia y por supuesto a mi hijo. Dejé todo encargado y el martes, sin avisarle a nadie de mi viaje, tomé mi auto y me dirigí rumbo a mi ciudad. En vehículo, es como un día de manejo, pero como no llevaba apuro, me demoré dos en llegar a la casa de mi hermana.
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