La primera rotura anal de un estudiante mio

Estimados lectores. Me llamo Esteban y esta historia sucedió la semana pasada. Les cuento que soy Profesor de Educación física, tengo 24 años, mido 1.89mts y peso 75 kg. Desde los 14 años voy al gimnasio así que tengo unos músculos bien marcados. El sábado de la semana pasada como a las doce de la noche salgo para ir a encontrarme con unos amigos para beber algo. Me puse una camisa semi ajustada como se usan ahora que me llegaba hasta la altura del cinto y unos jeans desteñidos que me quedan ajustados. Me encanta mostrar mis atributos así que se marcaba un buen bulto. Para que no sea tan evidente la parte de la camisa me tapa un poco.

Para ir a la casa de mis amigos, debo atravesar una plaza para que el camino me sea más corto. Así que entro a la plaza y tenía poca iluminación. Igual paso, pero a la mitad, veo que un chico estaba sentado en un banco oscuro, solo, jugando con el celular… Al principio, cuando me acercaba, no lo pude mirar bien, pero era bajito, morocho, muy delgado. Al pasar por donde estaba él, le pido un cigarrillo. Me lo da y para no ser tan cortante, me quedé un rato para charlar. Conversamos del clima y de algunas boludeces más. Me dice que tenía 18 años y que había terminado la escuela secundaria. Cuando conversábamos, advierto que Marcos, así se llamaba, me miraba la entrepierna. Como hacía un mes que no cogía, me empecé a calentar. Mis amigos me esperarían.
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Las hermanas también se saben consolar mutuamente

Mi hermana había llegado ese mismo día, había venido para quedarse unos días, su marido tenía que hacer un viaje y mi madre le dijo que se viniera a casa, hacía escasamente un año que se había casado, ocupó la antigua habitación suya que estaba justo al lado de la mía.

Os diré que mi nombre es Raquel, mi hermana es mayor que yo, tiene 25 años y su marido 30, tras la cena y la consiguiente tertulia ante la tele, decidí irme a dormir, tenía que madrugar al día siguiente, al poco de estar acostada oí como se abría la puerta de la habitación de mi hermana y entraron los dos, al poco los ruidos de la cama delataron lo que estaban haciendo… cesaron enseguida.

Al día siguiente cuando volví a casa desde el instituto ya se había marchado mi cuñado, a mi hermana la encontré seria, supuse que por la ausencia de su marido, cuando acabamos de comer yo me fui a mi habitación a tumbarme un rato, al poco entró mi hermana y se sentó en la cama, estaba seria y le dije que si le pasaba algo, sin contestarme empezó a llorar, me levanté y la abracé y le pregunté que sucedía y me dijo que eran problemas de matrimonio, a lo que le dije, mira Ana, cuéntamelo por favor, y ella me contó, que es que siempre que hacían el amor ella se quedaba con ganas, que él la acariciaba y enseguida se excitaba y se la metía corriéndose en seguida y dejándola con muchas ganas y que anoche volvió pasar lo mismo, y le dijo que ella necesitaba también sentir placer, y él contestó que estaba cansado que otro día.
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Perdiendo la virginidad a los 18 años

Esta historia ocurrió cuando tenía 18 años y fue cuando perdí la virginidad, me llamo Lilia y vivía en ese entonces sola con mi padre porque mis padres estaban divorciados y vivía un tiempo con uno y otro con mi madre. Vivir con él me gustaba porque era su consentida y podía hacer lo que quería sin tantas prohibiciones aunque por esto teníamos mucha confianza y nunca a pesar de salir y llegar tarde me había pasado ni había hecho nada con mis novios que tuve por eso a mis 18 todavía era virgen.

Soy blanca, sin sonar presumida ni nada, tengo un buen cuerpo, no soy exuberante pero me gusta a mí y siempre me dicen que tengo muy bonito cuerpo, mido 1.67 y peso 55kg, cabello rubio y mis ojos son verdes como los de mi madre. Mis medidas son 95-60-95 y por ellas se darán cuenta cuál era la parte que más les gustaba verme y a mí me gustaba que me miraran.
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Amor filial gracias a un buen vestido

Juan era un muchacho de dieciocho años. Acababa de ducharse, y para llegar a su habitación se anudó una toalla a su cintura. No pudo llegar a su habitación porque su madre le llamó como si pasara algo realmente grave.

-¿Qué pasa, mamá?

Su madre llevaba un vestido de noche muy provocativo, muy ceñido, que dejaba al descubierto sus largas y atractivas piernas (enfundadas en unas medias claras y finísimas), sus brazos, sus…

-¿Qué te parece mi vestido? -le preguntó.

Juan no podía controlar sus reacciones fisiológicas. Se le puso dura la polla, la toalla fue a parar al suelo dejando al descubierto su erección. Su madre actuó como si no hubiera visto nada. Juan volvió a ponerse la toalla en su lugar como buenamente pudo.
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Una vecina madura muy especial

Tenía yo entonces 24 años. Siempre me había fijado en las mujeres maduras a las que admiraba por su cuerpo suntuoso al más puro estilo de la pintura flamenca. Mi vecina Amalia era una de ellas, y estaba dotada de un cuerpo que parecía la imagen de la diosa de la fertilidad, con unas tetas grandes, caderas anchas y un culo precioso. Siempre que había coincidido con ella se había mostrado muy cariñosa conmigo.

En una ocasión, me la encontré en el portal de casa descargando las bolsas de la compra, mientras su marido, sin bajarse del coche, esperó a que Amalia acabara de descargar el coche para marcharse. Tan cariñosa como siempre ella me saludó, y yo le correspondí con una sonrisa y me ofrecí para ayudarla a llevar las bolsas hasta la puerta de su casa. Metimos todas las bolsas en el ascensor, quedando un espacio muy ajustado para que entráramos los dos, pero los dos pusimos mucha voluntad. Allí dentro el roce era inevitable y estábamos con un cuerpo pegado al otro.
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