Tengo 46 años y creo que el ser humano está hecho para poder disfrutar de todo sin avasallar a nadie, sobre todo en lo referente al sexo, creo que un hombre y una mujer, siendo consentido por las dos partes, si quieren amarse, es correcto, sin entrar en temas religiosos, me refiero al incesto.
Desde que mis hormonas se dispararon las mujeres más cercanas a mí siempre fueron las de mi familia. Pero el relato que hoy quiero contaros, estando ya casado, fue con una de mis cuñadas y no hace mucho tiempo. Por causas del trabajo me trasladé a otra provincia con mi mujer y mis hijas hace unos años.
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En esa ocasión por fin me animé a pedirle a mi esposa que intentáramos hacer un trío, ya que era una asignatura pendiente en nuestra exploración de pareja. Era algo que ella había considerado en sus fantasías pero nunca se imaginó que le pudiéramos hacer realidad. Con cierta excitación, me comentó que había un compañero en su trabajo que hacía tiempo que la cortejaba. Era un hombre soltero un poco menor que ella. Por supuesto, más joven que yo. Le pregunté si le atraía como para invitarlo a casa, a lo que me contestó que siempre le había llamado la atención, que incluso en alguna ocasión habían compartido besos y caricias después de algún festejo de la empresa en donde trabaja. Sin embargo, nunca había sido más que eso.
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Que tal amigos, soy Carlos y mi hermana es Natalia, fue cuando yo tenía 19 años y mi hermana tenía 18 recién cumplidos, cuando ocurrió esto cabe recalcar que mi hermana tiene una buena figura, unas tetotas y un buen culo, no será una musa, pero tiene lo suyo, bueno pues, un fin de semana nos encontrábamos en Puebla que es un lugar muy bonito, mis padres decidieron ir a un hotel que no recuerdo el nombre, en fin ese día desempacamos y fuimos a nadar todos en familia, al día siguiente mi hermana y yo decidimos ir a nadar por la mañana, mientras mis padres fueron a desayunar y después fueron a un masaje.
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Es una tarde de sábado rutinaria. Estoy sentado en un sillón en el cuarto de costura donde trabajaba incansablemente María, la madre de mi novia. Estoy esperando que Rosa termine de bañarse para salir. La espera será larga porque ella se toma mucho tiempo para bañarse, secar el largo y ensortijado pelo y maquillar sus verde ojazos. María tiene cerrada las cortinas para que el fuerte sol del verano no vuelva insoportable el pequeño cuarto. Igual hace mucho calor. La luz azulada de la pequeña y potente lámpara de la máquina de coser ilumina solo el pequeño espacio por donde una gran pieza de género para cortinas corre por debajo de la veloz aguja de la máquina. El ronroneo de la máquina, el calor, y el sopor del abundante almuerzo, me adormecen.
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Mi nombre es Natalia, tengo 35 años, odontóloga y vivo en Buenos Aires. Hace un año me encontraba muy sola y triste después de haber pasado por la experiencia traumática de una separación. Con mi ex nos divorciamos después que empezamos a tener problemas sin solución en nuestro matrimonio. La situación se estaba volviendo más que intolerante por lo que decidimos ponerle un fin lo menos traumático posible.
Una íntima amiga, Roxana, siempre fue mi cable a tierra y me apoyó en todo momento para que pudiera superar el trance. Empezamos a salir juntas, íbamos a bailar, al cine, en fin, nos divertíamos. Ella me aconsejaba para que comenzara a salir con hombres, pero yo no tenía muchas ganas de tener relaciones ocasionales y mucho menos meterme en compromisos. Me contó que estaba saliendo con un tipo, Gabriel con el que solo se veían cuando tenían ganas. Lo había conocido a través de un chat y la pasaba más que espectacular. Con él hacía todo lo que tenía ganas sin tener que pedir permiso. Ella me describía con lujo de detalles dónde, cómo y cuándo lo hacía. Es más, él la inició en el sexo anal, cosa que antes ella siempre había evitado. Se encontraban en sus departamentos o si no en algún hotel.
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