La experiéncia la aprende uno en la vida, el dia a dia te enseña a conseguir lo que parece en un principio imposible…
Este es el primer relato de mi vida y espero que sea el primero de una larga secuencia donde diré la verdad y no más escudándome en el anonimato que provee este sitio.
Muchas veces he leído esta página desde que la descubrí por error en mi primer trabajo, donde me moría de aburrimiento a mis 21 años y no sabía qué hacer para pasar el tiempo. Un día me puse a explorar la red y encontré unas carpetas compartidas donde estaban guardados algunos de estos relatos, y, como buen lector voraz que soy, los devoré en una tarde.
La mayoría de los relatos son malos, predecibles y evidentemente falsos. Aun así con a veces interesantes. Los mejores relatos, por otra parte, son aquellos donde se puede ver que es verdad, puede que no tengan cosas dramáticas, pero nada más interesante que la verdad y no la descuidada imaginación de alguien. Los que vivimos en el mundo real sabemos que las cosas a veces son fáciles y a veces difíciles, a veces tocar una mano es más excitante que ver una teta, dependiendo de a quién se le toca la mano y en qué momento.
Entonces, para no aburrirlos más, prometo solo contar la verdad.
Esta primera historia ocurre habitualmente en mi oficina. Una mujer está prendada de mi, por razones que desconozco porque aunque soy atractivo no soy perdonavidas ni me la paso persiguiendo faldas. El caso es que hemos hablado mucho, por chat, por teléfono y la cuestión es que ella ya sabe como son las cosas conmigo, ya sabe que no quiero comprometerme, ya sabe que probablemente tenga pareja, pero aun así quiere ser atendida por este cuerpecito.
Un par de veces, o tres si mal no recuerdo, hemos tenido la faena completa, pero lo que si es común es que me diga que se siente muy caliente y que la mejor forma de que se calme es que me haga una visita a mi oficina para que lo le haga un tratamiento con mis manos mágicas, tratamiento que ella sabe muy bien corresponder con un pete o mamada que llaman.
Ella, llamémosla V, llega a mi oficina, o a mi cubículo más bien y entra con el drama de que me va a preguntar algo y luego cierra la puerta con llave tratándo de que nadie se de cuenta de que la cerró. Mi oficina hace parte de una serie de cubículos, así que todo lo que hacen mis compañeros lo oigo yo y viceversa. Ella entra y yo siempre le hablo muy formal, de usted, la saludo de beso en la mejilla y la abrazo apretándola fuertemente contra mi cuerpo para que sienta mi erección. En ese momento ella me agarra el pelo y suspira quedamente mientras yo le apreto las nalgas y le refriego mi dureza contra su abdomen.
En varias ocasiones ha ocurrido que ella va, me hace mi mamada, y se va, sin pedir nada a cambio, entre otras cosas porque no se puede. Pero “nobleza obliga” y me siento mal sólo recibiendo y no dando. Si, yo sé que pensarán que soy un imbécil, pero qué se le puede hacer, así soy yo, no me siento bien sólo recibiendo placer.
Entonces, para tratarla como se merece, la siento en mi escritorio mientras yo sigo sentado en mi silla, y le comienzo a acariciar las piernas, empezando desde los tobillos y subiendo muy lentamente hasta las rodillas. Ella usa falda cuando sabe que va a venir a mi oficina, y en mi ciudad casi no se usan medias de nylon por el clima caliente, así que puedo recorrer su piel desnuda con las yemas de los dedos sintiendo como se eriza cada vello y como empieza a respirar profundamente al mismo tiempo que trata de que no se le escapen los gemidos porque nos podrían escuchar los de al lado.
Yo no me considero un casanova, ni soy el mejor amante del mundo, pero si creo que soy un virtuoso para ciertas cosas, porque he aprendido a tener calma, paciencia, no apresurarme y disfrutar cada momento. Se puede decir que cuando acaricio a veces disfruto más yo que la persona quien estoy acariciando.
Con mucha delicadeza empieza a apartarle las piernas para acariciar los muslos y sobre todo la parte interna de los mismos. Es delicioso, cuando a mi me lo hacen me siento en el cielo, así que me imagino como se sentirá ella, levanto la cara para mirarla y tiene los ojos cerrados con fuerza, el cuello echado hacia atrás y la boca abierta tratando de respirar lo más quedamente y al mismo tiempo disfrutar. Y eso que todavía no hemos comenzado.
Cuando ya he tocado su ropa interior varias veces, sin acércame nunca a la zona de candela, la levanto un momento de mi escritorio y le quito la tanga, luego la vuelvo a sentar frente a mi y siento ese aroma a hembra, a coño chorreante, a lubricación, ese aroma que nos pone a los hombres locos y duros como burro en primavera. En ese momento sigo acariciando sus piernas y muslos, veo como empieza a empujar con la pelvis para que le acaricie el coño, pero no, aquí mando yo y todavía no lo voy a hacer, quiero que esté desesperada, quiero que lo desee con todas sus fuerzas, quiero que esté a punto de tomar mi mano y llevarla allí.
Luego de un rato de acariciarla siempre muy suavemente con la yema de los dedos, empiezo a acercarme y alejarme gradualmente, un paso adelante, y dos atras, siempre sorprendiéndola hasta que en un momento su vello púbico empieza a ser acariciado con mis dedos. Vello púbico bien recortado, me encanta ese contraste de sensaciones entre la suavidad de la piel en las ingles y los vellos recortados como velcro.
Yo no se ustedes pero yo desde hace rato estoy duro y chorreando sólo de recordarlo.
Para mi es como un sacerdote que va a ofrecer un sacrificio y se acerca al altar, el altar es el coño que todos los hombres deseamos tener, el altar es aquello por lo cual hacemos todo en la vida, trabajar, comprar cosas, ir al gimnasio, todo lo hacemos con el propósito de que cada vez más mujeres nos dejen acceder a su coño.
El coño es el centro del universo.
Con el pulgar y el índice derecho paso suavemente por los labios, siempre por la parte más externa, siempre muy suavemente, sintiendo como se enciende ese fuego interno y cada vez ella quiere que nos acerquemos más y más, pero no le demos gusto, hagámoslo despacio, que sufra, que sus nervios se crispen y sólo quieran seguir, que no piense en nada más sino en las caricias que le estamos dando.
El paso siguiente es importante: chuparse los dedos y dejarlos bien ensalivados.
Porqué es importante? Porque vamos a empezar a acariciar sus labios interiores y su clítoris, y ella en este momento está caliente y húmeda, así que no debe haber contraste entre su humedad y mis dedos secos. Por tanto me chupo el pulgar y el índice derecho y con mucha calma me acerco cada vez más hasta rozar su clítoris. Y allí siento como se estremece como si un rayo le cayera al lado.
Siempre he querido saber qué siente una mujer cuando le acarician el clítoris. Supongo que debe sentir algo similar a nosotros los hombres cuando nos acarician o chupan la verga, pero siempre he sospechado que en ellas es más fuerte, porque cuando mi dedo pulgar empieza a hacer círculos alrededor de su clítoris se pierde cualquier asomo de decencia, empuja descaradamente la pelvis hacia adelante buscando más y mejor contacto con mi dedo, buscando que la frote un poco más fuerte, un poco más directamente, un poco más rápidamente.
Pero como quien manda soy yo, no le doy gusto tan rápido, sino que deliberamente me alejo acariciando el resto de su vulva, eso es placentero, pero ella ya probó sangre, ella ya sintió que era una ligera caricia en el clítoris y quiere más, supongo que es como cuando se la maman a uno y de un momento a otro paran y empiezan a besar los huevos; es rico, si, pero ya uno quiere que se la sigan chupando porque es más rico.
A veces ella se corre sólo con esas leves caricias en su clítoris, a veces me pilla con ganas y le acaricio con mi lengua (será tema de otro relato) pero normalmente necesita “un poco de ayuda de mis amigos”: los dedos de la mano izquierda.
Sin parar de acariciarle el clítoris, ya con más ritmo y consistencia, sin perder la cadencia que la hace tener las manos crispadas y la pelvis empujada hacia adelante, me chupo juiciosamente los dedos indice y medio de la mano izquierda y meto uno por su coño.
Muy despacio, siempre muy despacio y con delicadeza. Se siente caliente, húmedo y tenso. No hay necesidad de meter más que un poquito, una o dos falanges y ya para sentir en la parte de arriba una zona distinta a las demás, una zona como rugosa, como velcro, claramente definida. Yo no sé sé si ese será el punto G, H o I, lo que si sé es que si hago presión firme con las yemas de los dos dedos contra esa área, masajeando en círculos y al mismo tiempo se sigue acariciando el clítoris… es irresistible.
Yo lo siente venir, empiezo a sentir ligeras contracciones en el fondo de su coño, siento como se estremece y apreta todo contra mis dedos, a veces se demora un poco más o un poco menos, pero más temprano que tarde siento como su coño se contrae rítmicamente amenazando romperme los dedos, y veo como se lleva un puño a la boca para ahogar sus gemidos, veo como su cuerpo está contraído y las ondas de su orgasmo recorren todo el cuerpo, veo como sus pezones están duros y afilados como diamantes, y veo después de unos 10 segundos, como todo su cuerpo se afloja y se desmadeja, como su alma vuelve al cuerpo y sus ojos me miran con una felicidad y una tranquilidad que sólo puedo imaginar la potencia del orgasmo que le acaba de venir.
Sigo acariciándola cada vez más lento y más suave, lo primero que hago es sacar mis dedos de su coño y luego por unos segundos seguir masajeando el clítoris para arrancarle unos chispazos más a su orgasmo, mientras que le paso las yemas de los dedos por las piernas, abdomen y tetas.
La dejo descansar unos instantes mientras su respiración se recupera, sé que ese momento post-orgasmo es delicioso y no hay que apurarla, yo sé que me recompensará bien, Por ahora la acaricio y le doy un beso en los labios (el primero) y la ayudo a bajar de mi escritorio.
La mamada… eso lo contaré otro día, dependiendo de lo bien acogida que sea esta historia. Por ahora me perdonarán pero tengo que cascarme una paja porque quedé muy caliente sólo de recordarlo.
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